El cuarto sabio o San Nicolás de Woden

Hubo otro sabio, otro mago, que no llegó de Oriente sino del Norte. Aquel sabio llegó tarde, de la tierra del verano fugaz y el invierno largo y lento, de los interminables bosques de abetos y píceas, de enebros y robles. Como veremos, sólo llegó cuando el cálido sur le hubo enviado su mensaje. Es probable que los Magos de Oriente no lo hubieran encontrado rico, ni siquiera sabio. En aquellos tiempos, habría parecido más inculto y bárbaro que los pastores que llegaron primero al pesebre, presentes de piedras levantadas por los aires, allá arriba, en las finas formas de los arcos ojivales y de cristal coloreado para teñir la luz del sol.

El Sabio del Norte añadió también su Yuletide. Nombró a San Nicolás su maestro de ceremonias, hizo el árbol de Navidad y lo puso junto al pesebre.

Los otros sabios, con su oro, su incienso y su mitra, quizá no hubieran apreciado mucho aquellas ofrendas; pero hacía ya mucho que no estaban cuando llegó el Sabio del Norte. Éste, que era un hombre que pensaba lentamente y con dificultad y a quien le costó tiempo llegar a sabio, estuvo durante muchos siglos concibiendo su ofrenda. Ahora consideramos que ésta no es menos valiosa que la de los Magos de Oriente. Y sabemos que ésa es nuestra misma ofrenda: porque el Sabio del Norte encarna a los Pueblos del Norte. Muchas de sus costumbres han pasado a ser nuestras en algún momento, y son ahora parte de una herencia común.

“Oscuro y veraz y tierno es el Norte”. Al aniversario Mediterráneo de un carpintero de Galilea, las tierras del Norte han traído la ofrenda de sus bosques y praderas.

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Y así es cómo un diosse convierte en santo. Tanto Wooden como San Nicolás son viajeros siempre en camino. Viajan a pie y a caballo, inspeccionan las acciones de los humanos, asegurándose de que prevalezcan la rectitud y el orden. Lo hacen en el momento del año en que los días son más cortos, cuando se acerca un nuevo año, cuando se está echando la suerte del futuro. Los dos cabalgan la tormenta; pueden hacerla amainar o suscitarla. Y han terminado siendo la misma persona. El caballo de San Nicolán y el Woden son el mismo. Y, a veces, en lugar de zuecos, ponen barquitos de madera en honor del santo marinero.

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